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EDITORIAL DE FEDEPADRES: Nuevo Año Escolar 2013-2014

fede-logoLejos quedaron los tiempos en que en una familia todos los vástagos estudiaban con el mismo libro de Baldor, en que los profesores dictaban o escribían en la pizarra y los estudiantes transcribían en sus mascotas para luego repasar y estudiar. Eran los tiempos en que la educación era vista como un servicio, no como un negocio. Antes que finalizara el siglo XX ya las grandes casas editoriales habían concebido un plan, con la complicidad de los colegios y el Gobierno, de hacer de la impresión de libros de texto un gran negocio, a costa de los bolsillos de los padres y de la naturaleza. El plan ampliaba la base de libros de textos necesarios para el apredizaje, le agregaba los libros de trabajo y modificaba ligeramente éstos cada cierto tiempo para obligar a los padres a gastar con regularidad.

Ampliación de la base: A un niño de tercer grado de primaria hoy día, por ejemplo, cualquier colegio le exige hasta 12 libros y más, entre textos y libros de trabajo, parecen pequeños ejecutivos o minigenios con mochilas atiborradas de libros, aunque los resultados -muchas veces- no son tan halagueños. Anteriormente, se requerían cuatro o cinco libros para estudiar, tanto en escuelas públicas como en privadas. Adhesión de libros de trabajo: Todavía para inicios de los 90’s en República Dominicana los estudiantes, por cada materia, tenían una mascota, para los cuestionarios, dictados, etc. Mascota que era muchas veces revisada y que, por la calidad de su contenido, el estudiante recibía puntos. Sin embargo, a las casas editoriales se les ocurrió facilitarle facilitarle sus “complicadas vidas” a nuestros hijos criados en la época de los nintendo facilitándoles libros de trabajo. Y nos preguntamos si esos libros de trabajo, en que los estudiantes solo tienen que escribir una palabra no serán los causantes de tanta mala caligrafía y ortografía en estos tiempos modernos.

Nuevas ediciones sistemáticas: Cada dos o tres años, los padre se quedan con la boca abierta cuando le dicen que el libro de su hijo o hija mayor, o del primitro o primita de su pequeño ya no le sirve a éste para estudiar, que debe adquirir la edición tal o cual, generalmente un nombre bonito. Al adquirirlo se da cuenta que los cambios, por lo general, no son sustanciales. Y si son mejorables los libros de texto, por qué no mejorarlos de un golpe y porrazo y no cada dos años. El asunto es que se van acumulando en la casa libros de textos en buen estado, pero ya descartado por un sistema que solo busca llenar los bolsillos de los accionistas de tres o cuatro casas editoras.

Cuando tienen mejor suerte, terminan en la avenida Duarte, donde un público que estudia en colegios más comedidos puede resolver su problema a un bajo precio o intercambiarlos. Recientemente el presidente de la Cámara de Diputados, Abel Martínez, consideró insólito el precio de los libros de texto. Ese es otro elemento. Sin embargo, lo más indignante para un padre es cuando a final de año nota que una parte importante de esos libros ni siquiera fue usada por sus hijos, es decir, que el único interés era que gastara dinero. Creemos que la voz de alarma del diputado Martínez debe llegar hasta el Poder Ejecutivo, para que el presidente Danilo Medina, quien ha mostrado vocación de enderezar entuernos y empatía con las capas bajas de la sociedad, propicie un acuerdo del Ministerio de Educación con las casas editoras y regularice este sector económico, pero que se supone, brinda también un servicio social.

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